Maria Aurèlia Capmany. "De profesión, mujer" (1971)



Cuando hablamos de los derechos de la mujer, es de la sociedad entera que hablamos, ponemos en evidencia sus contradicciones, proponemos un orden más justo, un orden que afecta a la mujer y al hombre, que los haga a los dos más libres y más felices.

Muchas de las mujeres jóvenes de hoy, que adoptan actitudes revolucionarias y hablan con menosprecio de las reivindicaciones feministas, desconocen que Concepción Arenal vistió pantalones cuando se necesitaba mucha más audacia para hacerlo. Pero que no sólo vistió pantalones, sino que además logró una reforma del sistema penal, que era lo que se había propuesto, y que para ello ingresó en la Universidad, y que para ello se disfrazó con pantalones. Es decir, que para Concepción Arenal, la revolución que debía llevar a cabo la mujer no terminaba con la adopción de los pantalones.

Los que nos hemos dedicado a la enseñanza durante los años 40 y 50, sabemos que los cursos superiores, en el bachillerato femenino, se agotaban hasta casi desaparecer. En los colegios en que existían secciones masculina y femenina, podía observarse el fenómeno siguiente: se matriculaban la misma cantidad de muchachos que de muchachas, algunas veces incluso más chicas. El aprovechamiento escolar era idéntico, sino incluso superior en las chicas. Esta situación se mantenía hasta el grado elemental. Antes o después de la reválida -–antes o después de cuarto curso…–- la mayoría de muchachas abandonaban los estudios. (…) Entre los quince y los dieciocho años, la niña-mujer renunciaba a su pasado escolar.

Es evidente que ha existido un feminismo revolucionario y es evidente que también existió en España. Pero cuando digo "un feminismo revolucionario", no quiero decir un feminismo masivo que se manifiesta en la calle: quiero decir la convicción clara de que la emancipación de la mujer lleva consigo un cambio radical de estructura de la sociedad.

La mujer española se ha liberado de la autoridad visible del padre, hermano y marido, y ha pasado a depender de los manipuladores de la sexualidad. (…) Aquello que se le ofrece como libertad es la imposición de un comportamiento previamente planeado, que se fija prematuramente y en el que la propia sexualidad se vivencia como una identificación entre necesidades instintivas y coerciones sociales.

Y la mujer obrera estará a merced de sus explotadores mientras se deje convencer de que la maternidad es un deber de su exclusiva incumbencia, o una enfermedad específica que no puede evitar; cuando no es ni lo uno ni lo otro: la maternidad es un derecho libremente aceptado que nadie puede impedirle asumir con plenitud.

… se habló de prohibición de acudir al trabajo en el período crítico de la gestación, cuando era lógico hablar del derecho de toda mujer a un trabajo que no la invalide para ser madre.